Alimentación y estado emocional

El término depresión ha alcanzado en los últimos tiempos una gran popularidad, no sólo por su gran prevalencia, sino también porque la palabra “depresión” ya está incorporada a nuestro lenguaje coloquial, y se ha convertido en habitual a través del uso abreviado, “depre”. Sin embargo, la depresión no es un trastorno actual, ha existido a lo largo de los tiempos. Ya Hipócrates (460-357 a. C) afirmaba que “la bilis negra” era la responsable directa de la “melancolía” y del “entristecimiento del espíritu”. En la actualidad, se utilizan indistintamente el término de depresión y el del trastorno del estado de ánimo y éste último, se incluye en el DSM-V, siendo la clasificación más aceptada internacionalmente. La depresión es un proceso multifactorial y complejo cuya probabilidad de desarrollo depende de un amplio grupo de factores de riesgo, sin que hasta el momento haya sido posible establecer en su totalidad las múltiples interacciones existentes. Además, se desconoce el peso de cada uno de los factores que lo desencadena en relación con las circunstancias y al momento de la vida en que se desarrolla.

Muchos pacientes deprimidos muestran una gran falta de apetito durante el desarrollo de su enfermedad y una falta de motivación por el hecho de comer. Sin embargo, en otras modalidades de depresión, la ansiedad en la incorporación de determinados alimentos enmascara una manifestación claramente depresiva. Cabe señalar que, la incorporación no controlada de alimentos no saludable es “un equivalente depresivo”.
Entonces, en nuestras emociones, ¿existe una relación entre lo que ingerimos y nuestro nivel de tristeza y enfado? Considero que, no sólo existe, sino que además contribuye a un mal pronóstico en la intervención psicoterapéutica el no considerar los alimentos que comen nuestros pacientes. Existen alimentos que son favorables y perjudiciales en la mejora del estado de ánimo y hay alimentos que se deberían de recomendarse en caso de pacientes con estados depresivos y de este modo, elaborar pautas y recomendaciones genéricas tanto de alimentación como de suplementación.

Existen estudios que han demostrado que la depresión influye en la ingesta alimentaria (Gibson, 2006). Y es que parece que existe una tendencia a comer alimentos pocos saludables ante estados depresivos o emociones negativas ( Gold & Chrousos, 2002 ). Y esta tendencia además contribuye a otra sintomatología que no favorece el proceso emocional como la obesidad, la diabetes mellitus y los índices de colesterol elevados. Se ha demostrado también, que las personas con mayor gravedad de depresión tienen un patrón dietético menos saludable que incluye menor consumo de frutas, verduras, cereales integrales, aves, pescado y productos lácteos bajos en grasa (Quirk et al., 2013). Es de vital importancia trasladar, no solo a los pacientes, sino también a la población en general, la relación entre la nutrición y los estados emocionales con el fin de priorizar la ingesta dietética en un estilo de vida saludable que favorezca un ánimo positivo.

También es importante plasmar también el mecanismo de la inflamación y en qué medida entra en juego en los estados emocionales. La inflamación que inicialmente es un mecanismo evolutivo con el fin de dar una respuesta inmunológica a patógenos atacantes, puede cronificarse con el consecuente desarrollo de enfermedades de carácter inmunitario (Miller y Raison, 2016 ). Existen diferentes enfermedades de origen inflamatorio y entre ellas, están las neuropsiquiátricas como la depresión (Khansari y Sperlagh, 2012). En el caso de los estados depresivos, las citocinas inflamatorias atraviesan la barrera hematoencefálica e interactúan con una serie de mecanismos fisiopatológicos asociados con la depresión, incluida la plasticidad neuronal, el metabolismo de los neurotransmisores y la regulación del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA) (Miller et al., 2009). Por ello, la nutrición puede ser una importante vía para prevenir la depresión o aliviar estados depresivos, en parte debido a la capacidad de los nutrientes para influir en las vías inflamatorias (Kaplan et al., 2015). Por ejemplo, el consumo de ácidos grasos n-3 disminuye la producción de eicosanoides derivados del ácido araquidónico, que regulan las funciones inmunológicas asociadas con la inflamación. El consumo de ácidos grasos n-3 también disminuye la producción de citoquinas proinflamatorias TNF, IL-1 e IL-6 (Calder, 2006).
Otros estudios indican que los individuos emocionalmente angustiados y deprimidos pueden aumentan su consumo de carbohidratos dulces y alimentos ricos en grasas con el fin de sentir una sensación de recuperación (Christensen, 2001).

Aunque siga sin relacionarse públicamente la depresión y la ingesta dietética, vale la pena valorar el tratamiento de las depresiones de una forma más global, incorporando no sólo los aspectos situacionales y psicológicos, sino también los nutricionales. Del mismo modo que se ha investigado que la práctica de ejercicio ayuda a mejorar los síntomas depresivos, el futuro de la intervención requiere del ámbito de la nutrición. Los psicólogos debemos complementar nuestra intervención psicoterapéutica con la nutrición.

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